Archivo mensual: agosto 2015

EL LEGADO

Nicolás Maduro no llegó al poder por SU popularidad, en realidad, llegó porque Hugo Chávez dio la orden el 8 de diciembre de 2012 en una cadena nacional, y es por esta razón que la popularidad es lo que menos le importa. En realidad, lo único que inquieta a Nicolás Maduro y al grupo que lo sostiene en Miraflores es no poder cumplir con la misión que le fuera encomendada ese día: conservar el poder. Muchos nos hemos preguntado por qué Hugo Chávez designó como su sucesor a este individuo, que en los últimos años se había mantenido alejado del foco allá en la Cancillería.

Quién sabe si Chávez lo escogió por su lealtad, o porque estuviese distanciado de las luchas internas de los distintos grupos de poder, eso no podemos afirmarlo, pero suponemos que Chávez no tuvo mucho de dónde escoger y probablemente los aliados del régimen le dieron el visto bueno (se dice que Cuba apostaba por Maduro) y eso fue suficiente credencial de mérito, pero Maduro no fue designado solo como sucesor político, sino además, como ejecutor del testamento político de Hugo Chávez, que ya hemos planteado en otras ocasiones.

Ejecutando el testamento político

Ahora bien, en medio de la incertidumbre en la que se sumió el país con el fallecimiento de Chávez, para los analistas políticos resultaba inobjetable la existencia de un legado y que eso se convertiría inevitablemente en objeto de culto, llegando a compararse con el peronismo. Eso contribuyó en buena medida a considerar improbable el desplazamiento por la vía electoral del régimen chavista, juicio que mostró su debilidad con el exiguo resultado electoral a favor de Maduro, disparando las alarmas en el chavismo, obligándolos a mostrarse cohesionados a pesar de las aspiraciones y los intereses internos desbordados.

A Maduro no le ha tocado nada fácil esta transición al postchavismo, porque el capital político heredado no ha sido suficiente para detener las consecuencias de años de políticas irresponsables y muy costosas que hoy le pasan factura a toda la población. Un aparato económico destruido gracias a un conjunto de políticas e instrumentos legales que hoy sitúan a Venezuela al borde de una crisis humanitaria, con la escasez y desabastecimiento de productos básicos como alimentos y medicinas; la insuficiencia de divisas para importar la materia prima para producirlos, o para reparar maquinaria empleada en el proceso productivo; para mantenimiento de equipos médicos; para repuestos de vehículos particulares y de transporte público, para insumos de la industria en general, llevando al país por completo a un estado de caos y paralización nunca antes visto. Esto es parte del legado, no un accidente; precisamente es la consecuencia de un proyecto político que se propuso todo esto, y Maduro solo está ejecutando la voluntad política de Hugo Chávez.

¿A quién le teme la Revolución?

Algunos se apresuran a sentenciar la debacle de la revolución chavista o el hundimiento de su movimiento político, sin embargo, habría que considerar esta etapa como una fase superior dentro del proyecto político del chavismo, que no es nada más aferrarse al poder sino también consolidar una visión política, cuya mayor conquista ha sido la implantación de un modelo de sociedad dominada, amordazada, presa de los rigores de una clase política envilecida por el poder.

Para Maduro redefinir la estrategia política del chavismo jamás ha estado entre sus planes, mucho menos en los de la clase política que lo sostiene, porque su misión ha sido terminar el trabajo que Chávez no pudo. El chavismo se acerca peligrosamente al modelo totalitario, cuando requiere de un estado permanente de caos, de desasosiego, que haga imposible cualquier asomo de consolidación de una sociedad estable y equilibrada, el chavismo necesita de una fuente persistente de conflicto, bien sea con un enemigo interno o externo, para que la confrontación sea el muro que contenga cualquier intento por responsabilizar al régimen político de la precariedad en la que vive el país. Es a eso a lo que más le temen los déspotas, a una sociedad organizada y con propósitos definidos, no hay nada más efectivo contra el caos que una ciudadanía decidida.

Y si hay algo que toda revolución debe temer es cuando una sociedad pierde el miedo.

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ESPERANDO EL ESTALLIDO

Estamos a la espera de una conmoción, de un sacudón, de un estallido. Creemos ser los testigos de una explosión social que terminará por llevarse los restos de lo que alguna vez fue nuestro país, ese del que el Hombre Nuevo se ha encargado de borrar de la memoria de muchos. Hoy, la solidaridad es una excepción o una anécdota de la que muchos se sienten ajenos, ironías de la vida que después de haber pretendido sembrar el socialismo en el siglo XXI, dieciséis años después, el individualismo salvaje es el comportamiento predominante.

Entonces, mientras esperamos el estallido, la vida transcurre entre la persecución de comida, la caza de medicinas, la súplica por atención médica, el ruego diario de salir ilesos frente al hampa, y creemos que esa conmoción que nos hará reaccionar como sociedad está cerca, muy cerca. Pero cuando vemos filas interminables de gente esperando conseguir lo que sea; personas buscando desesperadamente medicinas para tratamientos de enfermedades crónicas o terminales; las protestas de padres de niños con cáncer sin atención médica; el parte de guerra diario de los caídos en una guerra no declarada que el hampa tiene con el país, no vemos el estallido que lentamente nos consume.

EN MEDIO DEL ESTALLIDO

Recuerdo el 27 de febrero de 1989, estudiaba Comunicación Social en LUZ y como tenía unos días libres estaba en Barquisimeto con mi familia. Con asombro vi por televisión como el Central Madeirense cercano al apartamento que compartía con unas amigas, era saqueado. Ese febrero es difícil de olvidar, por primera vez viví una conmoción social y una suspensión de garantías, sentí terror de ver en lo que podíamos convertirnos, y ese miedo nunca me ha abandonado.

Cada vez que vemos un saqueo de gandolas, que muere un enfermo por falta de asistencia o tratamiento, que asesinan y secuestran impunemente, estamos en presencia de un estallido, de un sacudón, de una conmoción a pequeña escala y a lo que nos hemos ido acostumbrando. No podemos reconocer que estamos en medio del estallido, que en lugar de ser una explosión social repentina, inesperada y arrolladora, ha sido un proceso de deshumanización lento y profundo que nos ha arrebatado la voluntad, inmovilizándonos frente a la barbarie que representa el chavismo como modelo de sociedad.

EL DÍA DESPUÉS

No recuerdo los días después de ese febrero espantoso en 1989, solo tengo presente el miedo. Ese que no me ha abandonado desde que me fui hace unos meses. Por eso me pregunto, ¿cuál otro estallido puede esperar un país que vive entre descuartizados y ajusticiados? ¿Es posible creer que sea “normal” un país de perseguidos, abusados y humillados por las propias fuerzas del Estado? Es posible que hayamos estado esperando una re-edición del 27F de 1989, pero como en la historia los sucesos se repiten más no siempre bajo las mismas formas, asistimos a una novedosa representación de explosión social sin saberlo.

El Gobierno de Maduro no apuesta por una explosión social, está consciente que la conmoción es un proceso en marcha y lejos de evitarlo o procurar los mecanismos para contenerlo, cada paso que da está orientado a agravar la situación. Hace unos meses insistía en cuál era el Plan B de la oposición de no haber elecciones. Las respuestas, invariablemente fueron que el gobierno no se arriesgaría ante la comunidad internacional a violar abiertamente la Constitución.

El Gobierno está consciente del impacto que tienen fuera del país las acciones políticas recientes, pero le importan tan poco como su repercusión en el plano doméstico, cuando lo perentorio es conservar el poder en medio de una lucha intestina que representa una amenaza aún mayor que la propia celebración de las elecciones parlamentarias. En eso estamos, en pleno desarrollo de una lucha de poder mucho más compleja porque representa la trascendencia de un modelo político que se debate entre la conservación de los vestigios de una de las más grandes estafas políticas de todos los tiempos y la transición hacia un régimen militar abiertamente dictatorial.

Total que el estallido y la transición han estado ahí y nosotros sin saberlo…

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El triunfo de la barbarie

La apuesta del régimen es la profundización del caos, donde como siempre, lleva ventaja. Por un lado la OLP como instrumento para agudizar las tensiones que viven los sectores populares, entre las llamadas “Zonas de Paz” y ese eufemismo para ajusticiamientos, terminan siendo las víctimas silenciosas de la impunidad con que actúan los delincuentes con los que además conviven, y los excesos de los cuerpos de seguridad del Estado.

Ahora, ese infierno al que habían estado condenados los sectores excluidos se ha extendido a las zonas acomodadas, la promesa cumplida del chavismo de igualar hacia abajo, la democratización de la violencia que no excluyó a sus promotores.

La sociedad venezolana se ha ido insensibilizando de tal forma que esta súbita emergencia de prácticas delincuenciales como descuartizamientos o linchamientos, no generan mayor alarma, al contrario, hay una suerte de justificación en la ausencia de justicia e impunidad.

Esto no es más que el triunfo del hombre nuevo, ese que no se acerca ni a la sombra de lo que fue el venezolano respetuoso, solidario, educado y trabajador, y que tal parece que pocos recuerdan, gracias al trabajo de adoctrinamiento que el chavismo ha venido haciendo con éxito, no solo para adjudicarse obras de la democracia como propias, desde la nacionalización del petróleo hasta edificaciones públicas, sino para borrar de nuestro imaginario lo que fuimos como nación. 

El chavismo triunfó con esos malandros que robaron a la señora anoche en Los Palos Grandes, pero también lo hizo con los que intentaron castigarlos. No hay nada que los diferencie y esa rabia e impotencia solo nos acerca cada vez más peligrosamente al estado de naturaleza adonde el chavismo nos quiere llevar a todos.

Esto es responsabilidad del Estado, y por ende, del régimen chavista que en 16 años ha hecho todo lo posible por la deshumanización del venezolano, incluidos sus propios seguidores. Pero es responsabilidad de los ciudadanos rechazar estas conductas y exigirle al gobierno que actúe como corresponde en lugar de celebrar la cultura de la barbarie de la que es afecto.

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Por sus actos los conocerás…

No se justifica que con la situación política, económica y social que vive Venezuela, que afecta por igual a chavistas y no chavistas, las diferencias políticas de las distintas corrientes que hacen vida en la Oposición, sean incapaces de ponerlas a un lado para alcanzar  un objetivo mayor: derrotar electoralmente a un gobierno autoritario que ha usado durante 16 años los procesos electorales para legitimarse.

No se trata de ignorar esas diferencias, que son tan legítimas y políticamente racionales, como lo es también la necesidad imperiosa de unir esfuerzos para imponer cambios institucionales y frenar el desastre político que es el chavismo y que no puede esperar más, es imprescindible un cambio en la correlación de fuerzas del país.

Pero, a pesar de lo obvio que resulta todo ello, tenemos una minoría (sí, es una minoría, probada y vuelta a probar, en Primarias y sondeos de opinión) que no cesa de provocar conflictos en el seno de la Oposición, cuando es el momento de dedicar todos los esfuerzos en destacar la inmensa responsabilidad que tiene este gobierno en la crisis que vive nuestro país.

No se justifica que teniendo a un adversario político como el chavismo, con todos los recursos y medios a su disposición, los espacios disponibles en los medios no sometidos al oficialismo se dediquen a promocionar la estrategia divisionista en lugar de ofrecerle oportunidades a los aspirantes al Parlamento para que su mensaje sea divulgado, y que por cierto, algunos de ellos sí lo hicieron con Chávez en 1998.

No se justifica que quienes han sido incapaces de lograr la mayoría en Primarias o en sondeos de opinión, al no gozar del consenso favorable o estar al margen de la MUD, decidan por su cuenta postularse, enviando la señal inequívoca de ser agentes del gobierno, porque solo así se justificaría intentar dividir a la Oposición en unos comicios ésta donde tiene como mínimo 20% de ventaja con respecto al Oficialismo.

No debe preocuparnos que vestigios de organizaciones políticas sin legitimidad, que son objeto de disputas judiciales por unas siglas que no albergan suficiente militancia como para decir que son unos partidos políticos, estén decididas a torpedear a la MUD, pero lo que sí debe llamarnos a la reflexión es que actores políticos que uno cree que tienen alguna responsabilidad con el país, estén protagonizando alianzas con estas franquicias electorales, que inclusive son antagónicas con sus intereses por su ubicación ideológica.

No se trata de renunciar a intereses políticos o aspiraciones personales, pero demostrar sin pudor que lo que se quiere es el poder, al precio que sea, es la más deprimente demostración de la decadencia política.

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