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Democracia Participativa y Socialismo Liberal:

Publicado en la Revista Memoria Política Nº 12

Reflexiones sobre la ciencia política actual:
¿En el umbral de la Posdemocracia?
Autora:
María Isabel Puerta R.

Reflexiones sobre la ciencia política actual

En tiempos recientes, se ha discutido con mayor intensidad el agotamiento que vive la Ciencia Política, en lo que para voces calificadas como la de Giovanni Sartori, no es sino el reflejo de una profunda crisis que la aqueja. (Sartori, 2004), (Cansino,2006)

Es por ello que, partiendo de la idea que la Ciencia Política es una disciplina relativamente nueva, si la comparamos con otras mucho más consolidadas, podríamos argumentar su inmadurez para justificar la crisis que vive, sin embargo esa sería a todas luces una explicación simplista, pero que no necesariamente deberíamos descartar.

Por otra parte, la Ciencia Política comprende un vasto campo donde confluyen numerosas disciplinas pertenecientes a las Ciencias Sociales, por lo que su crisis debemos verla sin aislarla del contexto en el cual se inserta, como la ciencia encrucijada que es.

En este sentido, no podemos perder de vista la naturaleza de la relación de la Ciencia Política con la Filosofía, la Sociología, la Antropología, la Historia y la Sicología, pues ellas alimentan a la Ciencia Política a través de sus disciplinas auxiliares como lo son la Filosofía Política, la Sociología Política, la Antropología Política y la Sicología Política.

Esa confluencia de conocimientos, en la que se mezclan objetos de estudio y métodos, necesariamente ejerce una enorme influencia en la conformación de la Ciencia Política y de sus definiciones necesarias.
La Ciencia Política, al separarse de la Filosofía, procuró hacer del estudio del poder, la autoridad y las instituciones políticas, su objeto de estudio, utilizando para ello los métodos que aportan las Ciencias Sociales.

La necesidad de consolidarse como una auténtica disciplina científica, la llevó a distanciarse de la influencia del idealismo filosófico para acercarse a una postura más pragmática, fundamentada en la búsqueda de una explicación a los fenómenos políticos a través de modelos cuantitativos.

En ese tránsito de la Ciencia Política, de una ciencia rica en principios filosóficos, a una disciplina caracterizada por esquemas rígidos de interpretación de los procesos sociopolíticos, se fueron quedando las expectativas de un conocimiento que pudiera no sólo explicar los fenómenos, sino anticiparlos y resolverlos.

Entonces, para terminar de hacer más crítico el panorama, pasamos a una etapa en la historia del pensamiento en la que comenzamos a tropezarnos con ideas tales como: el fin de las certidumbres; la pertinencia de las dimensiones general y particular simultáneamente; la diversidad de macroestructuras y realidades sociales; la transdisciplinariedad… (Lanz, 2006) y nos preguntamos, la Ciencia Política ¿cómo queda en ese contexto?

Resulta difícil acertar en la respuesta, pues representa un cambio de paradigma que trasciende el simple hecho de adoptar una nueva corriente interpretativa, se trata de transformar la manera de aproximarse al objeto de estudio y de aplicar el método. Es comenzar a ver el fenómeno político con otros lentes y eso resulta de una enorme complejidad cuando ni siquiera se ha dominado la formulación del conocimiento político, con las herramientas tradicionales.

Sin ánimo de justificar, debemos ver la crisis de la Ciencia Política insertada dentro de una crisis de mayor dimensión, la de la Modernidad, por lo que debemos verla como parte de la caducidad de un modelo de vida que se agota por las nuevas valoraciones de una sociedad en la que sus premisas fundamentales ahora giran en torno al conocimiento, la información y la cultura posmoderna, lo que lleva a pensar que lo que está en crisis es la forma de aproximarse a los problemas.

La escuela tradicional condujo a la Ciencia Política a observar y clasificar los fenómenos políticos de manera fragmentada y parcializada, en la que de manera consistente se planteaba la ocurrencia de los fenómenos políticos en términos de antagonismos y luchas.

En la visión sistémica, el análisis sistémico parte de la concepción de la vida política como un conjunto determinado de interacciones, insertado en otros sistemas sociales, rodeado por ellos y expuesto a su influencia. En este sentido, todas las actividades relacionadas con la formulación y ejecución de las medidas sociales, en lo que ha llegado a llamarse la forma elíptica en las ciencias políticas, el proceso de hacer y establecer medidas políticas aplicadas a la práctica, constituye el sistema político. (Easton, 2001)

La vida política se refiere a toda actividad que influye de manera importante en el tipo de medida autoritaria que adopta una sociedad y la forma en que la pone en práctica. Los elementos de la actividad política son las organizaciones gubernamentales, los grupos de presión, el acto de votación y los partidos políticos. El análisis sistémico constituye un enfoque teórico para analizar la vida política, a partir de dichos elementos, a través de la constitución de una teoría política general, en lo que representa un instrumento de comprensión de la vida política. (Easton, 2001)

La unidad del análisis de la investigación política, está representada por la decisión (Toma de Decisiones) que representa el enfoque tradicional. El análisis del sistema representa una orientación conceptual, cuya premisa fundamental es que la vida política puede considerarse como sistema de conducta, siendo su principal unidad de análisis el sistema político. (Easton, 2001)

Por otra parte, las interpretaciones invariablemente oscilaban, a manera de péndulo, entre las salidas conservadoras o revolucionarias, según quiénes fueran las fuerzas políticas dominantes en el momento. Esa condición cíclica y repetitiva de la historia política ha estado presente en buena parte de las sociedades modernas, sin embargo, como quiera que se trata del fin de una expresión cultural, las reacciones que tradicionalmente caracterizaron dicho ciclo se han visto sustituidas por otros comportamientos, es decir, que el péndulo ya no oscila en los mismos tiempos.

¿Qué pasó con la irreverente afirmación que señalaba que el punto final de la evolución ideológica de la humanidad, es la universalización de la Democracia Liberal occidental como la forma última de gobierno humano? (Fukuyama, 1992)

No deja de ser paradójico que un significativo número de países latinoamericanos y europeos tengan gobiernos identificados con el discurso socialista, que sin embargo, no adoptan en el sentido estricto sus líneas programáticas, reafirmando sí, su naturaleza democrática.

Lo que esto significa es que las realidades políticas ya no obedecen a rígidos patrones formulados bien sea a partir de concepciones estrictamente filosóficas, ni se trata de la lectura rígida desde valoraciones cuantitativas. En la Ciencia Política, el debate de los últimos tiempos ha girado alrededor de los modelos políticos y en países como Venezuela, Rusia, algunos de Asia y África, la discusión es sobre la Democracia, como muestra del agotamiento al que hemos venido haciendo referencia. (Bobbio, 2003), (Sartori, 2004)

La Democracia es el modelo político que caracteriza a las sociedades capitalistas modernas y sin embargo encontramos que algunos regímenes democráticos atraviesan momentos de serios desequilibrios, mientras que otros países aún luchan por alcanzar la libertad y la consolidación del modelo democrático.

Como teoría política, la Democracia ha generado intensas y numerosas discusiones acerca de la naturaleza de su modelo. A lo largo de la historia de la humanidad, encontramos a destacados autores que han dedicado sus esfuerzos a profundizar sobre la democracia como modelo político: Dahl, Bobbio, Sartori, Bovero, entre otros.

Desde la antigüedad hasta nuestros días, la Democracia ha sufrido cambios y transformaciones tanto en su interpretación como en su ejercicio, estimulando amplias discusiones en torno al tipo de democracia más idóneo.

Las crisis contemporáneas de la Democracia han conducido a justificar la adopción de posiciones radicales bajo el argumento de la pureza del modelo. En este sentido, se ha generado en algunos espacios de discusión de la Ciencia Política, un debate en relación a los modelos que mejor expresan la esencia democrática.

Como modelo político, la Democracia, ha estado sometida a profundos cuestionamientos, exacerbados en tiempos recientes debido a los problemas de gobernabilidad que experimentan algunos países, especialmente en América Latina, donde se ha cuestionado a la democracia representativa.

Para Norberto Bobbio (2003) una definición mínima de la Democracia comprende la potestad de unos cuantos individuos, reconocida por los miembros de su comunidad, para tomar decisiones que afectan a todo el colectivo, sobre la base de unas reglas que deben contener los procedimientos mediante los cuales se deben realizar las acciones. La discusión en la actualidad se centra en cómo lograr que la Democracia trascienda esa representatividad y se consolide la participación, que no democracia directa.

Algunas sociedades, como la nuestra, han logrado modernizar sus sistemas políticos a tal punto que han incorporado la figura de los referendos revocatorios y consultivos, al desempeño de aquellos ocupando cargos de elección popular, en los casos de Ejecutivo y Legislativo, lo que significa que la Democracia se acerca cada vez más a niveles de participación política significativos, sin descartar la función representativa de los intereses de los ciudadanos en distintas instancias.

Ahora bien en Constant, (1988:89) se encuentra la reflexión en torno a la dificultad procedimental del ejercicio directo, que con la representatividad se resuelve:

“El sistema representativo es una procuración dada a un cierto número de hombres por la masa del pueblo que quiere que sus intereses sean defendidos, y que sin embargo no tiene siempre el tiempo ni la posibilidad de defenderlos por sí mismo”.

Es aquí donde llegamos al fenómeno que ocupa buena parte de la reflexión intelectual de nuestro tiempo: la crisis de gobernabilidad, que como la ve el mismo Bobbio, no es más que la sobrecarga del sistema político incapaz de dar respuestas. (Cf. Bobbio, 2003: 45)

Entonces ¿Tiene sentido hablar de democracia participativa para rescatar la gobernabilidad y corregir las deficiencias del modelo representativo? Bobbio afirma que el problema está en que hemos desarrollado la democracia política, olvidándonos de la democracia social y que hasta tanto no democraticemos a la sociedad, el problema no estará en la mayor o menor participación; lo que se requiere es una mayor comprensión y ejercicio social de la Democracia. (Bobbio, 2003)

En este sentido, el camino a un modelo más satisfactorio, requiere de una sociedad abierta al disenso, pluralista, con una amplia base de distribución del poder, que inevitablemente nos conduzca a una sociedad civil democrática capaz de ampliar la democracia política, que para Bobbio (2003: 50) hace innecesario el apelar a la democracia directa. Ese parece el norte de la democracia participativa.

Lo crucial en todo caso, señala Guevara (1997: 52), está en dejar de ver la Democracia como un mero instrumento, en el que se encuentre ausente un compromiso valorativo determinado, pues si no la entendemos como una forma de vida, más que como modelo político, no será suficiente su imposición, y siempre habrá algún resquicio por donde se colarán no solamente las tendencias elitistas, sino mucho más grave aún, las vocaciones autoritarias para mantener el sistema de privilegios.

Ante este panorama, ¿qué ha aportado la Ciencia Política a este debate? En el caso de América Latina, si observamos la discusión, las corrientes de interpretación se mueven en torno al esquema de desempeño democrático que va desde el populismo hasta la ruptura que representan las propuestas revolucionarias, aún cuando se limiten a lo meramente discursivo. (Naím, 2009)

En este orden de ideas, el debate refleja la realidad de unos países que oscilan entre períodos donde prevalecen las recetas de los organismos multilaterales para que luego, se manifiesten las opciones de ruptura con dicho modelo. Lo que no se ha podido explicar es por qué se dan cambios que no necesariamente representan una transformación o ruptura sino la vuelta a esquemas que habían sido superados.

Y es entonces, cuando tenemos que reconocer que, la Ciencia Política ha sido eficiente en describir la realidad, explicarla a la luz de variadas interpretaciones teóricas, pero… no hemos llegado a convencernos que con la sola descripción y explicación es suficiente para resolver la cuestión política ni para definir la Democracia que necesitamos, no es de semántica precisamente el problema, es de perspectiva.

Debemos mirar el problema de lo político con menos restricciones teóricas, menos limitaciones técnicas y con una mayor amplitud interpretativa, que pueda trascender este modelo paradigmático que está agotado y que no ofrece grandes retos al hombre.

Por otra parte, en la esfera contraria al pensamiento democrático, tenemos el Socialismo, definido como el conjunto de teorías y acciones políticas, que caracterizan a un aparato político-económico fundamentado en la socialización de los sistemas de producción, bajo el control del Estado.

Los orígenes del Socialismo los podemos encontrar en la época previa a la Revolución Francesa, en los discursos de François Babeuf, siendo en el siglo XIX cuando se comienza a utilizar con más regularidad. Sus principales teóricos, entre otros, Saint-Simon, Fourier y Owen, han dejado algunos elementos para construir los antecedentes del modelo socialista.

El rescate de la idea del Socialismo surge en medio de las devastadoras consecuencias generadas por los efectos de la industrialización. El capitalismo, como sistema económico, conduce a la explotación del hombre por el hombre, beneficiando exclusivamente a los grandes capitalistas, sin que se genere ningún estímulo de desarrollo para las fuerzas productivas en el seno de la sociedad.

La concepción socialista, se produce desde la reacción a las debilidades de la concepción individualista-liberal, bajo la forma de Socialismo Científico, que le proporciona al Socialismo una base teórico-práctica, que le facilitaría la construcción de un proyecto político con viabilidad.

La experiencia marxista, como se le conoce al Socialismo Científico -en reconocimiento a uno de sus autores, Karl Marx- ha tenido diversos escenarios tanto en Europa como en América Latina.

El Marxismo, al igual que la Democracia, ha sufrido cambios y transformaciones, que han tenido que ver fundamentalmente con las experiencias vividas en algunos países y bajo determinados liderazgos: Alemania Oriental y Unión Soviética, como casos emblemáticos.

Las variantes socialistas, como la Socialdemocracia, por ejemplo, modificaron sustancialmente su discurso y mucho más importante, sus metas. Se alejaron del marxismo como modelo de pensamiento y se abrieron a ciertas prácticas de la economía de mercado, abandonando tesis tan fundamentales como las de la articulación con la clase trabajadora, en lo que se conoce como el proceso Revisionista. (Hobsbawm, 1978: 186)

Resulta entonces importante encontrar algún paralelismo en la naturaleza dinámica de la Democracia como sistema político y del Socialismo como teoría política. La posibilidad de desarrollar un modelo de democracia participativa, vinculada a determinados postulados socialismo, es la propuesta a explorar en esta reflexión

Elementos de sustentación teórica

La Democracia es sin duda para la Ciencia Política, uno de sus más importantes objetos de estudio. Desde la antigüedad hasta nuestros días, los grandes pensadores de la humanidad, filósofos e historiadores, han intentado explicar lo que debemos entender por Democracia y cuál es el modelo ideal, por lo que no constituye un asunto concluido, dado que las controversias generadas por la búsqueda de ese ideal, mantienen vivo el debate.

Los filósofos griegos Sócrates, Platón y Aristóteles, (Águila, 1998: 17) fueron, contrario a lo que se podría pensar, duros críticos de la experiencia democrática en Atenas. La discusión de Platón y Aristóteles se centraba en la libertad individual exacerbada. Mientras que en relación a la igualdad, Platón creía que la Democracia distribuía igualdad entre aquellos que eran iguales y los desiguales, opinión coincidente con la de Aristóteles. Ambos sostenían que la Democracia era el gobierno de los pobres contra los ricos, de forma que un gobierno guiado por intereses particulares, no podía funcionar de forma virtuosa. Estas expresiones claramente nos traducen la naturaleza de la sociedad de la época, lo que inevitablemente, todo régimen político ha de manifestar.

La evolución de la Democracia debemos verla paralela a la de la humanidad, donde el poder político tardaría siglos en reconocer la necesidad de retomar el discurso democrático. Con el surgimiento del Estado se consolida el Absolutismo Monárquico que la Revolución Francesa logra derrumbar, pero que no termina de hacerle espacio a la Democracia como modelo político, pues el Liberalismo Político presentaba serias diferencias filosóficas en razón de la libertad individual y el sometimiento a la voluntad general. Con el tiempo ambas posturas ideológicas habrían de unirse, pero el camino fue difícil.

El discurso de la democracia radical o directa tiene en Rousseau y su célebre Contrato Social (1973:33), un importante autor, para quien el bien común estaba por encima del bienestar individual. Marcando distancia con el ideal ateniense, Rousseau considera que la libertad debe entenderse como autonomía, es decir, capacidad para darse sus propias leyes, independencia. Para ello es necesario el sometimiento a la ley y la subordinación de la voluntad personal a la general.

En relación a la otra vertiente, el discurso liberal estuvo presente en la obra de pensadores como Locke y su Ensayo sobre el Gobierno Civil (1983), quien consideraba que toda autoridad legítima surge de la misma sociedad. Por su parte, Montesquieu, conocido por su obra Del Espíritu de las Leyes (1984a), entre otras, desarrolló su teoría de la separación de poderes, en el interés de que por medio de una serie de arreglos institucionales, la acción del Estado se viese limitada, garantizando con ello la protección de los derechos individuales.

Aún cuando la teoría política los reconoce como pensadores liberales, y por tanto contrarios a los ideales democráticos, con el tiempo y la unión de los postulados liberales y democráticos, la influencia que Locke y Montesquieu han tenido sobre el modelo democrático resulta indiscutible.

En la obra de Tocqueville (1985: 42), quien se dedica a estudiar el modelo político norteamericano en La democracia en América, destaca que la participación ciudadana se traduce en un impedimento para el despotismo que ha generado el crecimiento de la burocracia, además de que genera un comportamiento cívico dirigido al bien común.

Otro autor que ha desarrollado el tema es Constant, en De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos en la que se encuentra una reflexión importante en relación a la imposibilidad procedimental de ejercer la Democracia Directa, por lo que la representatividad se constituye en una forma de desarrollar sus principios mediante otros instrumentos. (Cf. Constant, 1988: 89)

Encontramos también en los trabajos de Mill, en su obra Sobre la libertad (1985) y Del gobierno representativo (2008), una postura en la que sostiene que sólo el gobierno democrático garantiza que las decisiones políticas reflejen los intereses ciudadanos. Como representante de la visión de la Democracia como Desarrollo, en la que se ve a la Democracia como un medio necesario para lograr una sociedad más libre e igualitaria, incorpora el elemento de participación en la concepción de la democracia representativa, argumentando que es la mejor forma de gobierno. (Cf. Mill, 1985: 117)
En su proceso de evolución, la Democracia moderna se construye a partir de los presupuestos teóricos del liberalismo, de allí que buena parte de las críticas que se le hacen a la Democracia Representativa, que es la democracia liberal propiamente, se relacionen con los vínculos del modelo con el capitalismo.

Dentro de la crítica elitista de la Democracia, tenemos a Schumpeter, (1983: 343) quien señala que el “método democrático es aquel sistema institucional, para llegar a las decisiones políticas, en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo”.

Por su parte, Bobbio en El futuro de la Democracia (2003), considera que la Democracia es la forma de gobierno en la que rigen normas generales, las llamadas leyes fundamentales, que permiten a los miembros de una sociedad, por numerosos que sean, resolver los conflictos que inevitablemente nacen entre los grupos que enarbolan valores e intereses contrastantes sin necesidad de recurrir a la violencia recíproca.

En la teoría de la Democracia es importante destacar a Sartori, cuyas obras: ¿Qué es la Democracia? (1994) y Elementos de Teoría Política (1999) señalan una trayectoria dedicada al estudio de la Democracia en sus valores, definiendo a la misma, como fundamentalmente liberal.

Una importante contribución es la de Dahl con sus obras Un Prefacio a la Teoría Democrática (1988), La democracia: una guía para los ciudadanos (1999) y La democracia y sus críticos. Señala Dahl (1999:59) que: “La democracia garantiza a sus ciudadanos una cantidad de derechos fundamentales que los gobiernos no democráticos no garantizan ni pueden garantizar”.

En este sentido Dahl (1999: 35) reconoce que la Democracia se refiere tanto a un ideal como a una realidad. Para que un gobierno sea democrático, se requiere de al menos cinco (5) criterios: Participación efectiva: antes de tomar decisiones, las diferentes posturas de los ciudadanos deben ser reconocidas; Igualdad de voto: las decisiones deben ser tomadas en igualdad de condiciones para todos los involucrados; Comprensión ilustrada: según sea la naturaleza de los asuntos, estos deben ser conocidos suficientemente por los ciudadanos, en la medida que sea posible; Control de la agenda: los ciudadanos deben tener responsabilidad en la decisión de los asuntos a considerar e Inclusión de los adultos: aquellos que pueden participar de las decisiones, en igualdad de condiciones.

En la obra de Macpherson (1997) La democracia liberal y su época, encontramos un minucioso estudio sobre la esencia de la democracia liberal contemporánea, en la que describen cuatro modelos de Democracia: como Protección, como Desarrollo, como Equilibrio y como Participación; la primera se concibe como un sistema destinado a garantizar un conjunto de atributos como la libertad individual y la igualdad política; en la segunda el modelo conduce hacia el desarrollo humano y la tercera busca alcanzar el equilibrio entre los sectores dominantes en la Democracia.

Por su parte, el Marxismo, con todas sus variantes, sigue siendo un tema de discusión, sobre todo hoy día, cuando lo encontramos en numerosas ofertas políticas de nuestro continente. Ahora bien, la discusión actual radica en cómo transformar el Socialismo en una alternativa dentro de la Democracia.

En este sentido, tenemos a Norberto Bobbio, a quien se le reconoce como uno de los primeros pensadores en concebir la posible de articulación teórica entre la Democracia y el Socialismo, más allá de los postulados socialdemócratas. (Anderson, Bobbio, y Cerroni, 1993). De igual forma, podemos ubicar algunos antecedentes en pensadores como John Stuart Mill, para quien la visión de los socialistas era colectivamente… “uno de los más útiles elementos para el mejoramiento humano que actualmente existen” (Anderson, Bobbio, Cerroni, 1993: 12)

Asimismo, Bertrand Russel (Anderson, 1993) suscribió con vehemencia la posibilidad del Socialismo Gremialista (Guildist). Otros autores mencionados por Anderson (1993) son Hobson y su obra Del Capitalismo al Socialismo, Dewey y su obra Liberalismo y acción social, se menciona también a MacPherson (1997) y su obra sobre la democracia liberal. De igual forma, se señala a John Rawls y su Teoría de la Justicia (2002) y a Robert Dahl (1998) quien propone un modelo basado en el pluralismo político y la democracia económica.
No es coincidencia que tengamos autores clásicos de la Teoría de la Democracia, identificados con principios socialistas, ello solo alimenta la posibilidad de construcción de un concepto de posdemocracia, basado en las ideas de Democracia Participativa y Socialismo Liberal.

Sin duda, este es un tema complejo y sobre el cual muchos han tenido algo que decir. Sin embargo, la frustración que genera en los pueblos los fracasos de los regímenes políticos democráticos, son motivo suficiente para seguir profundizando en su estudio.

El tema de la Democracia es de interés mundial, pues está en el centro de las discusiones en torno al desempeño de los sistemas políticos, pero para los países en vías de desarrollo, la realidad trasciende el debate filosófico, pues la Democracia es vista como defectuosa y la búsqueda se desarrolla en otro sentido, lo que ha traído como consecuencia, experimentos que han puesto en peligro la estabilidad de sociedades que en tiempos pasados se tenían como modelo de estabilidad.

Esta es una discusión que requiere de una profunda revisión teórica y reflexión práctica, pues es preciso intentar responder a las grandes interrogantes que surgen de pueblos que sienten la decepción de ver modelos políticos deficientes que en modo alguno comprenden las aspiraciones colectivas.

Teoría de la Democracia

En la Teoría de la Democracia, (Bobbio et al. 2002: 441), encontramos que se pueden identificar tres corrientes o tradiciones, que ubican las raíces de la evolución de la Democracia, en razón de los autores más relevantes y las tesis expuestas por ellos.

La primera de las tradiciones es la Clásica Aristotélica (Bobbio et al. 2002: 441), cuya tesis plantea la idea de un gobierno popular, en el que la igualdad ante la Ley (isonomia) es su base fundamental. Esta forma de gobierno, en la Grecia antigua, era considerada la menos buena de las formas buenas y la menos mala de las formas malas de gobierno, como cita Bobbio a Platón (2002: 442). En la perspectiva platónica, también se considera que tanto la monarquía como la democracia son malas por el exceso de autoridad y de poder que ellas representan.

En la clasificación aristotélica de las formas puras e impuras de gobierno, se hace una clara distinción del criterio por el cual se gobierne, según sea de interés general o interés propio.

La tradición clásica del modelo tripartita de clasificación de gobierno, sin duda, ha ejercido influencia en la filosofía política de occidente, pero ello no impediría las transformaciones que con el tiempo habría de sufrir, ya fuese diferenciando entre forma de Estado o forma de gobierno, como lo considerara Bodino – citado por Bobbio et al- la desaparición de la diferenciación entre formas puras y corruptas en Hobbes (Cf. Bobbio et al. 2002: 441) y la interpretación que hace Rousseau de las tres formas de ejercicio del poder ejecutivo, en lugar de las formas de gobierno.

La segunda tradición es la Medieval Romana, (Bobbio et al. 2002: 443), cuya tesis plantea el debate sobre la soberanía popular. El argumento radica en que el Príncipe detenta la soberanía porque la recibe del pueblo, quien es siempre la fuente original, distinguiéndose entre titularidad y ejercicio del poder. El debate se centra en la definición de la soberanía como transferida al monarca en su totalidad o solo como medida temporal, para su ejercicio. En la teoría de la soberanía popular se sostiene que el pueblo, aún transfiriendo el poder originario de hacer las leyes a otros, conserva para sí la potestad de crear leyes por la costumbre, lo que genera una discusión en torno a la preponderancia de la ley emanada del monarca y la del pueblo.

La discusión sobre el ejercicio de la soberanía tuvo importantes reflexiones en Marsilio de Padua, (Bobbio et al. 2002: 443) para quien la “causa primera” es el legislador del Estado, mientras que el gobernante es la “causa segunda”, es decir, la instrumental y ejecutiva. El poder soberano, radica entonces, en la potestad de legislar, pues el Legislador comprende todo el cuerpo de ciudadanos.

En la teoría política se produce una vasta discusión entre la postura de dos autores fundamentales de la teoría de la democracia: Locke y Rousseau, (Bobbio et al. 2002: 444) en relación al ejercicio de la soberanía. Locke abogaba por la delegación de dicha soberanía en unos representantes, mientras que Rousseau considera que debe ser ejercida directamente por los ciudadanos. Es en esta discusión que la teoría contractualista cobra importancia, en su relación con la concepción del pueblo dentro del esquema del pacto social y por las condiciones en las que se reproduce, propio de un acuerdo, el ejercicio del poder.

Finalmente, la tercera tradición es la Republicana Moderna (Bobbio et al. 2002: 444), que introduce un giro en la interpretación sobre la teoría de las formas de gobierno: además de la tripartita (Monarquía, Aristocracia y Democracia) se encuentra la contraposición Monarquía-Democracia, que ya Platón asomaba en las “Leyes”, mientras que en la historia romana se presentó como Principado-República.

En este debate, Maquiavelo (Bobbio et al. 2002: 444) aporta elementos importantes al señalar que “todos los Estados, todos los dominios que han tenido y tienen imperio sobre los hombres, son Estados y son o Repúblicas o Principados…”

Si por Democracia se entiende la concepción aristotélica, esta no tiene similitud con la República, pero si se le concibe como “gobierno libre”, contrario a la tiranía, desde esa perspectiva, tiene más relación con lo que entendemos por Democracia, pues esta se manifiesta siempre como la forma contraria al despotismo.

En la tradición Republicana hay dos autores cuya contribución a la construcción filosófica de la Democracia, es fundamental: Montesquieu 1984a y Rousseau (1973). En Montesquieu, encontramos la clasificación tripartita de las formas de gobierno, como Monarquía, República y Despotismo, siendo que la República puede ser Democrática o Aristocrática. Ahora bien, desde una perspectiva principista, la virtud se manifiesta no sólo en la Democrática, pues en la Aristocrática aparece como templanza. En la República Aristocrática, (Fetscher, 2002:113) se aplica el principio de la moderación, porque sólo ella garantiza que ni los aristócratas abusen de sus derechos ni la mayoría del pueblo, sin privilegios, niegue la obediencia.

Por otra parte, en Rousseau (1973) coinciden el ideal Republicano y el Democrático, articulándose con la doctrina clásica de la soberanía popular, mediante la idea de la voluntad general, que detenta el poder de hacer leyes; (ideal igualitario), que siguiendo a Bodino, distingue entre la forma de Estado y la forma de Gobierno: República, como Estado y Democracia, como Gobierno. Tal y como Rousseau lo concibe, el Estado es una República en la que se construye una Democracia. (Cf. Bobbio et al. 2002: 445).

Si bien en cada tradición, hay elementos de discusión suficientemente complejos, ello no implica que hayan sido resueltos, pues precisamente el debate contemporáneo tiene mucho más que ver con dilemas no resueltos de la Teoría de la Democracia, que pudiesen generar nuevos elementos de discusión en torno a ellos.

Teoría Crítica
A través de la articulación de dos conceptos: Democracia Participativa y Socialismo Liberal, se pretende una aproximación a la idea de Posdemocracia, que en palabras de Dahrendorf (2002: 133) es la “… época sucesiva a la democracia clásica…”

Para ello se considera pertinente el apoyo en la Teoría Crítica, de la llamada Escuela de Frankfurt, cuyas categorías conceptuales se pretenden utilizar para desarrollar la reflexión en cuestión.

En las tesis planteadas por la Escuela de Frankfurt, se encuentran individualidades como Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas, por mencionar sólo algunos, quienes desarrollaron una corriente de reflexión generadora de amplias discusiones desde posiciones adversas al capitalismo, en las que abiertamente se identificaban con el marxismo.

Ese pensamiento crítico y reflexivo está centrado en la búsqueda de las contradicciones en la realidad social, para a partir de ellas comprender no solamente dónde nos encontramos, sino hacia dónde nos dirigimos, en una suerte de demostración de inconformidad con la realidad que se vive.

La crítica es el proceso para iniciar la reflexión, una vez que comprendemos la realidad que nos rodea, podemos pensar en lo que es posible construir: es lograr superar la imposibilidad de llevar a la praxis la teoría, con ello lo que se pretende es la superación de la razón instrumental, de la razón centrada en el sujeto.

La Escuela de Frankfurt (Touraine, 2002) se propuso darle una nueva interpretación a la teoría marxista, para llegar a profundizar en aquello que consideraban que Marx no llegó a concretar. Sus intereses comprendieron además a Max Weber, así como a Sigmund Freud (en el caso de Marcuse). Su orientación crítica estuvo influenciada por su afán de trascender las limitaciones del Positivismo, el Materialismo y la Fenomenología. El pensamiento que consolida a la Escuela de Frankfurt no debe ser visto sólo como una crítica a la modernidad, pues de lo que se trata es del “progresivo abandono del optimismo marxista”. (Touraine, 2002: 154)

Una crítica a Horkheimer y Adorno, representantes de la Escuela de Frankfurt, vino de Habermas (Touraine, 2002: 155) al cuestionarles el reduccionismo de la razón a la instrumentalidad. La Teoría Crítica de esta escuela fue el soporte intelectual de quienes se oponían a los efectos de la dominación del capitalismo tardío.

En relación a la Teoría de la Democracia de Habermas, en una cita de Touraine se tiene que:

Habermas descarta dos soluciones extremas: reducir el actor humano al pensamiento científico y técnico, a la razón instrumental, y apelar, en sentido inverso, a los particularismos del individuo o de la comunidad contra las coacciones del racionalismo… Cree en la posibilidad de hacer aparecer lo universal en la comunicación entre las experiencias particulares nutridas por la particularidad de un mundo vivido (Lebenswelt), de una cultura. Uno no debe contentarse con los compromisos que ofrece la política liberal, ni con una tolerancia que yuxtapone los particularismos en lugar de integrarlos. Hay que admitir que no hay democracia sin ciudadanía y que no hay ciudadanía sin acuerdo, no sólo sobre procedimientos e instituciones, sino también sobre contenidos. (Touraine, 2002: 330)

Por su parte, Mouffe afirma que Habermas cree en verdad que el surgimiento de formas universales de moral y de derecho es la expresión de un proceso colectivo irreversible de aprendizaje, y que negar esto implica negar la modernidad, minar los fundamentos de la existencia de la Democracia. (1999: 28)

Es poco probable que podamos abordar los problemas del desarrollo de la Democracia sin reconocer que no se trata solo de una cuestión de posturas ideológicas.

La Historia misma nos muestra que, esto de la Democracia, le ha sido incómodo a castas y estamentos, y en tiempos más recientes, las clases sociales en razón de acumulación y consumo, se han visto en la necesidad de aceptarla como forma de gobierno, más no necesariamente como forma de vida y ello se refleja en su utilización para satisfacer los intereses de clase.

…De hecho, tenemos que reconocer que la victoria de la democracia liberal se debe más al colapso de su enemigo que a sus éxitos propios. Lejos de gozar de excelente salud, en las democracias occidentales se adolece de un creciente desinterés por la vida política y se advierten claras señales de una peligrosa erosión de los valores democráticos. El surgimiento de la extrema derecha, el renacimiento del fundamentalismo y la marginación en aumento de vastos sectores de la población nos recuerdan que, en nuestros países, la situación dista mucho de ser satisfactoria. (Mouffe, 1999: 161)

A pesar de las contradicciones, la Democracia sigue siendo lo que caracteriza a la mayoría de las naciones del mundo, sin embargo es también el objeto de sus más difíciles desafíos, lo que continúa alimentando las discusiones teóricas y procedimentales, debido a que los procesos políticos no podemos verlos aislados del entorno social donde se producen y de las condiciones económicas bajo las que se desarrollan.

En nuestros tiempos, el debate en torno a la Democracia se ha orientado hacia el problema de la ideología y los instrumentos de la Democracia, como aspectos más relevantes. En este sentido, la necesidad de responder a crecientes y complejas demandas, determina una fórmula de respuesta que pudiera no corresponder con las circunstancias, encontrando pertinente la siguiente afirmación de Adorno y Horkheimer (1985: 178):

“Quienes tienen intereses en ella gustan explicar la industria cultural en términos tecnológicos. La participación en tal industria de millones de personas impondría métodos de reproducción que a su vez conducen inevitablemente a que, en innumerables lugares, necesidades iguales sean satisfechas por productos standard.”

Es probable que por razones de crecimiento demográfico y de escasez de medios, resulte inevitable la formulación de políticas públicas globales en la atención de necesidades colectivas específicas, dejando la posibilidad de una brecha entre los decisores y quienes son objeto de esa política, por la distancia entre ambos. Desde la perspectiva de la Industria Cultural, se sacrifican esos propósitos, para guardar las formas que en el caso de las decisiones políticas se miden por los costos, no sólo materiales sino además electorales.

Lo hasta ahora planteado permite inferir que una Democracia, en esencia, reivindica el ejercicio del poder por el pueblo, pero que por razones pragmáticas, debe ser desplazada por una representación que ha de tomar las decisiones en consecuencia, para hacerla viable como metodología de vida. Si consideramos a la Democracia como un modelo de influencia social, por su realidad inmediata habría dejado atrás sus raíces:
La industria cultural se ha desarrollado con el primado del efecto, del exploit tangible, del detalle sobre la obra, que una vez era conductora de la idea y que ha sido liquidada junto con ésta. El detalle, al emanciparse, se había tornado rebelde y se había erigido -desde el romanticismo hasta el expresionismo- en expresión desencadenada, en exponente de la revolución contra la organización. (Adorno y Horkheimer, 1985: 183)
La Democracia ha sacrificado lo que en principio ha sido su gran virtud, la inclusión de todos los sectores, por la formación de élites en el poder que garanticen la consecución de objetivos que en un principio representaban a todos, pero que pronto se distanciarían de las mayorías para hacerse de un espacio de comodidad en el que se excluyen las amenazas de sustitución del poder hegemónico que representan.

En consecuencia, la Democracia es concebida como una fórmula que impone comportamientos a los actores fundamentales: partidos y dirigentes políticos, manejándose según procedimientos dirigidos a determinados targets en la sociedad, es decir, es un producto mercadeable que organizaciones políticas y líderes introducen en un mercado altamente competido, que no necesariamente competitivo, pues, los actores llegan a diferenciarse tan poco que no resultan nada amplias las diferencias entre ellos, pero si la oferta de los mismos.

Aquellos actores que identifican las expectativas sociales y responden a ellas, logran insertarse en ese complejo mercado político, logrando dominio de aquellos sectores que consideran como fundamentales para el logro de sus intereses: el mantenimiento de su status.

El concepto de estilo auténtico queda desenmascarado en la industria cultural como equivalente estético del dominio. La idea del estilo como coherencia puramente estética es una proyección retrospectiva de los románticos. (Adorno y Horkheimer, 1985:188)… En toda obra de arte el estilo es una promesa. En la medida en que lo que se expresa entra a través del estilo en las formas dominantes de la universalidad, en el lenguaje musical, pictórico, verbal, debería reconciliarse con la idea de la verdadera universalidad. Esta promesa de la obra de arte -de fundar la verdad a través de la inserción de la figura en las formas socialmente transmitidas- es a la vez necesaria e hipócrita. Tal promesa pone como absoluto las formas reales de lo existente, pretendiendo anticipar su realización en sus derivados estéticos. En este sentido, la pretensión del arte es siempre también ideología. (Adorno y Horkheimer, 1985: 189)

La Democracia Representativa como producto patentado se hizo indispensable para la validación de las formas políticas, de manera que toda oferta para gozar de aceptación debía pasar por su identificación con el modelo representativo, siendo el adjetivo la garantía de su compromiso con la Democracia.

La fórmula política de la Democracia de nuestros días involucra el dominio del lenguaje y la imagen, como reflejo de la capacidad simbólica del hombre a la que hace referencia Sartori (1998) en la que las formas no requieren de interpretación alguna y facilitado por el mundo de Realidad Virtual en que estamos inmersos, la información es fundamentalmente visual, tanto que la imagen absorbe a la Palabra.

En tal sentido, la cultura hace una distinción, entre aquellos que usan los medios para la expresión del lenguaje -la virtualidad- y aquellos que no. Ello representa una ventaja, porque reduce ampliamente el espectro al que se quiere influir y en cierta forma el esfuerzo que está asociado a ello, significando una desventaja para los que resultan excluidos del reparto.

La industria cultural, en suma, absolutiza la imitación. Reducida a puro estilo, traiciona el secreto de éste, o sea, declara su obediencia a la jerarquía social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y neutralizadas como cultura. Hablar de cultura ha sido siempre algo contra la cultura. El denominador común “cultura” contiene ya virtualmente la toma de posesión, el encasillamiento, la clasificación, que entrega la cultura al reino de la administración. (Adorno y Horkheimer, 1985: 189)

Del mismo modo resulta la Democracia una condición bajo la que se han amparado expresiones que no representan el poder del pueblo o la voluntad de este, pero que por las formas que adoptan, sugieren la identificación con el modelo democrático, ocupando espacios con total legitimidad, porque en apariencia “lucen” de acuerdo a los estándares reconocidos.

Sólo la subsunción industrializada, radical y consecuente, está en pleno acuerdo con este concepto de cultura. Al subordinar de la misma forma todos los aspectos de la producción espiritual al fin único de cerrar los sentidos de los hombres -desde la salida de la fábrica por la noche hasta el regreso frente al reloj de control la mañana siguiente- mediante los sellos del proceso de trabajo que ellos mismos deben alimentar durante la jornada, la industria cultural pone en práctica sarcásticamente el concepto de cultura orgánica que los filósofos de la personalidad oponían a la masificación. (Adorno y Horkheimer, 1985:189)

Puede ser audaz pensar que la llamada crisis de la Democracia no sea tal crisis, sino el reflejo del deterioro de un sistema de poder que ha cargado con la pesada responsabilidad de ser el modelo ideal, pero que en el fondo no resulta ser más que una utopía, presente en el criterio de Aristóteles bajo la forma de gobierno impura.

El análisis cumplido por Tocqueville hace cien años se ha cumplido plenamente. Bajo el monopolio privado de la cultura acontece realmente que “la tiranía deja libre el cuerpo y embiste directamente contra el alma. El amo no dice más: debes pensar como yo o morir. Dice: eres libre de no pensar como yo, tu vida, tus bienes, todo te será dejado, pero a partir de este momento eres un intruso entre nosotros”. Quien no se adapta resulta víctima de una impotencia espiritual del aislado. Excluido de la industria, es fácil convencerlo de su insuficiencia. (Adorno y Horkheimer, 1985: 192)

El hombre debe vivir en Democracia para así corresponder con lo que es un supuesto de su tiempo, esa es la metodología de vida que le corresponde, pero no es cualquier Democracia, sino aquella fórmula que asegura la protección de determinados intereses, los de las élites en el poder. Eso permite comprender la transición hacia una Democracia que ha ido sumando instrumentos para garantizar dicho status.

El progreso llega a medirse por la velocidad en que evolucionan las tecnologías y su uso, dejando a un lado la capacidad del individuo de procesar la realidad que le rodea, perdiendo en buena medida su sentido de abstracción, porque el sistema lo anula, pues piensa y escoge por el individuo. El lenguaje abstracto (conceptual) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto), por lo que la imagen lo es todo, porque representa poder, por eso la imagen llega a ser el objeto de toda transacción política. Sartori, 1998)

El sistema llega a convertirse en una Videocracia, en opinión de Sartori (1998: 124), cuando a través de los mecanismos del cibermundo es que se desenvuelven los individuos que tienen el control de las decisiones, desarrollándose una alta dependencia de los sondeos de opinión, que orientan las respuestas del sistema a las demandas.

La información se desfigura, porque el medio de alguna forma influye en ella, bien sea porque se produce subinformación, cuando ésta se reduce según sean los intereses o se desinforma, en el caso que sea una distorsión de la misma, lo que genera información incompleta que no facilita la toma de decisiones en forma adecuada, resultando altamente perjudicial a los efectos de la formulación de políticas públicas, lo que a su vez tiene un efecto indiscutible en la percepción del sistema político.

La Democracia en este contexto luce disminuida, debilitada por ser la promesa, la oferta que no llega a concretarse, sobre la cual se constituye un entramado institucional, que no termina de convencer a todos de manera similar, porque llega a ser incapaz de complacer a todos los sectores con los mismos niveles de eficiencia.

La incapacidad de la Democracia para cubrir todos los frentes, estimula en sectores sociales amplios, reclamos de igualdad y justicia social que en apariencia son identificados gracias a las capacidades de acceso a la población, que en todos los casos no son igualmente eficientes.

El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos “Más democracia”, lo que quiere decir, en concreto, dosis crecientes de directismo, de democracia directa. Y así, dos profetillas del momento, los Toffler, teorizan en su “tercera ola” sobre una democracia semidirecta. De modo que los referendos están aumentando y se convocan cada vez más a menudo, e incluso el gobierno de los sondeos acaba siendo, de hecho, una acción directa, un directismo, una presión desde abajo que interfiere profundamente en el problemsolving, en la solución de los problemas. Ésta representará una mayor democracia. Pero para serlo realmente, a cada incremento de demo-poder debería corresponderle un incremento de demo-saber. De otro modo la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida. (Sartori, 1998: 124)

Lo que expresa Sartori permite inferir que si bien la Democracia es imperfecta y no siempre resuelve las expectativas de la sociedad, no es menos cierto que es la expresión más cercana de conducción política con la que se identifican los individuos, por su capacidad para representar amplios sectores, sin embargo, su principal debilidad radica precisamente en esa inconsistencia en relación a la eficacia de la representación, pues los instrumentos con los que cuenta tienden a reforzar el orden de privilegios existente.

En el siguiente cuadro (Del Percio, 2006: 185) encontramos un esquema de correspondencia, que nos permite plantear una aproximación al desarrollo de la Democracia y su crisis de representatividad:

HORIZONTE DE SENTIDO Adecuación Representación Reproducción Virtual
ESTRATIFICACIÓN Castas/Estamentos Clases en razón de la acumulación Clases en razón del consumo
LEGITIMACIÓN Teológica Ideológica ¿Pensamiento único?
EJERCICIO DEL PODER PÚBLICO Monárquico/Feudal Estado Nación-Moderno ¿Imperio global?
ESCENARIO Natural Comunitario Social Ciudadano Global Virtual
PRODUCCIÓN Agraria/Rural Industrial Urbana Cibernética/Global
TRANSMISIÓN DEL CONOCIMIENTO Oral Escrita Icónica
FUENTE: Del Percio (2006)

Si atendemos a las premisas anteriores, en un intento por describir la evolución de la Democracia, podemos plantear que esta surge como Democracia Directa en el Escenario Natural Comunitario, en el que el sistema de castas y estamentos la concibe como una forma impura de gobierno (recordemos a Aristóteles) con una base económica agrícola, bajo el modelo de Adecuación; dadas las características sociales del momento, la Democracia Directa fue de breve duración y estuvo circunscrita a un ámbito espacial reducido.

Luego con la aparición del Estado Moderno, aún cuando realmente se habló de República, guarda correspondencia con la Democracia refiriéndonos al Escenario Social Ciudadano, donde las clases se organizan en torno a su capacidad de acumulación, dentro del esquema de una economía industrializada, que se organiza bajo el modelo de Representación, cuya expresión política es la Democracia Representativa Liberal.

Finalmente, con una base social estratificada en razón del consumo, en la que el ejercicio del poder trasciende las fronteras inmediatas, con el Imperio Global como forma de ejercicio del poder público, que se encuentra circunscrito al Escenario Global Virtual, donde la Cibernética constituye el eje de la actividad económica, nos atrevemos a ubicar la crisis de la representatividad como causa fundamental en la aparición de la Democracia Participativa bajo el modelo de Reproducción Virtual.

El Estado ya no controla ni interviene en la misma medida que antes, porque por una parte hay más intereses que satisfacer y por la otra menos capacidad de respuesta, de manera que es la misma sociedad la que asume ciertos espacios en procura de alcanzar acuerdos, además que la representatividad es cuestionada por la pérdida de contacto con la realidad y la ausencia de correspondencias discursivas, además de la cercanía con la toma de decisiones que representa el avance de las tecnologías de la información, no al extremo de lo plateado por Macpherson (1997) en su concepción de la Democracia como participación, en donde la utopía estaría en la participación permanente del individuo al lado de un ordenador 24 horas al día, pero si una realidad en la que el ciudadano se sirve de la tecnología para decidir sobre ciertos asuntos que le interesan y el Estado se vale de estas herramientas para mejorar su desempeño, lo que permite acortar las distancias, acercar el entorno y hacer de este escenario un espacio en común, pero que no necesariamente implica la comunidad de condiciones de vida, veamos tan solo cual es la distancia socioeconómica entre los países africanos y europeos, para convencernos que estamos compartiendo tan solo el espacio, más no las condiciones.

Entonces, cabe hacerse la pregunta, ¿esto a dónde nos conduce? Si está agotado el modelo de pensamiento que ha caracterizado a la modernidad y la concepción postmoderna nos plantea la ruptura paradigmática, ¿dónde queda la Democracia en este contexto?

La idea de la Democracia Participativa no debe verse como una reacción ante la crisis de representatividad, es más la consecuencia del paso de un modelo de sociedad a otro, en el que habiéndose agotado lo que caracterizó a la democracia liberal, en lo político, también se manifestó en el debilitamiento de la economía y de la base social, así como las estructuras de legitimación, de manera que la participación se constituye en una forma de resarcir las expectativas no satisfechas por la Democracia Liberal. (Bobbio: 2003)

En otra aproximación a la Democracia, (Held, 1998: 504) se define a la democracia liberal representativa como:

“… un conjunto de reglas, procedimientos e instituciones creadas para permitir la más amplia participación del mayor número posible de ciudadanos, no en los asuntos de Estado, sino en la elección de representantes, los únicos que pueden adoptar decisiones políticas. Este conjunto de reglas incluye aquellas destinadas a garantizar la correcta elección del gobierno”.
En este concepto, el autor reconoce como fundamental en la representatividad, la escogencia por parte de los ciudadanos, de aquellos que se encargarán de tomar las decisiones, sin embargo más adelante señala algunos aspectos que cuestionan su debilidad para facilitar la participación (Held, 1998: 505):

“… la historia no puede acabar aquí. La democracia tiene otra dimensión. De hecho tiene muchas otras dimensiones. Por ejemplo, existen problemas complejos relacionados con la dimensión interna de la democracia representativa. Se refieren a la conexión existente entre la esfera pública y la privada; entre las posibilidades reales que el ciudadano tiene de participar en la vida política y los obstáculos que, para esta participación, suponen las desigualitarias relaciones de género”.

Finalmente, Sartori (1994: 76) en una postura bastante crítica señala que aún cuando se reconoce que la participación es fundamental en el desarrollo del Estado democrático, no es menos cierto que ésta por si sola sea insuficiente para garantizar los cimientos de la Democracia Representativa. Al respecto afirma que:

“La verdad es que el participacionismo de los años sesenta es, sobre todo y casi únicamente, una exasperación activista por participar. El llamado a “participar más” es meritorio, pero inflado sin medida sería casi como si toda la democracia se pudiese resolver con la participación. Es una recaída infantil, y también peligrosa que nos propone a un ciudadano que vive para servir a la democracia (en lugar de la democracia que existe para servir al ciudadano”)…

Queda entonces por concretar los caminos que conduzcan, de manera acertada, a un modelo de Democracia en el que la participación sea una condición permanente, pero también es necesario que ésta trascienda lo meramente procedimental, pues de lo que se trata es de un cambio de consciencia institucional y ciudadano.
En este sentido, las definiciones nos permiten identificar aquellos elementos que consideramos fundamentales en la consolidación de un modelo de Democracia que refleje las expectativas del ciudadano en relación a la conducción de la sociedad.

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SE SOLICITA GERENTE: interesados preguntar por Venezuela.

En 1995 mi trabajo de grado fue sobre la crisis hegemónica del Estado Venezolano. En las conclusiones quedó claramente establecido que entre otros factores, la continua intromisión de los partidos políticos en la institución militar generó un profundo malestar que condujo a la acción de los golpistas. Cuando el Sr. Chávez en la campaña prometía borrar del mapa a adecos y copeyanos pensé que estaba errado, porque el problema no eran los partidos sino la conducta de su dirigencia.

No creo haberme equivocado desde un principio con este individuo, en el año 1994 en un ensayo sobre antropología política, sostuve que Chávez entraba en la categoría de líderes carismáticos populistas de la que habla Gustavo Martín, añadiéndole el calificativo de demagogo. El tiempo me ha dado la razón.

El relación al contenido ideológico del chavismo, es evidente que este grupo tan heterogéneo no comparte un pensamiento político definido, allí hay gente tanto de derecha como de izquierda, porque son los mismos adecos y copeyanos que tanto adversa quienes conforman su movimiento político. Ese fue el reducto que encontraron muchos de los desechos políticos que a lo largo del bipartidismo no tuvieron cabida.

El chavismo es en su esencia un movimiento revanchista, en él se sumaron todos aquellos que no pudieron sacarle provecho a la democracia puntofijista. Eso lo creo firmemente. De otra forma no me explico cómo tanta gente ha acompañado esta irracionalidad, que más que gobierno es desgobierno, que tiene una inmensa capacidad destructiva pero que no encuentra forma alguna de crear, de construir.

El chavismo ha sido efectivo en el desmontaje del bipartidismo, pero ha sido tremendamente incapaz para mostrarse constructivo, porque esa no ha sido nunca su intención. Tenemos a un individuo que se considera el principio y el fin, que no concibe al país fuera de sí mismo, por eso habla de virtualidad, porque no hay nada después de él.

Es imposible el diálogo con un ser que desprecia a quien piensa diferente, que no acepta nada que se oponga a sus deseos, porque además sus decisiones reflejan sus malacrianzas y caprichos y no la racionalidad o criterio de un gerente que es lo que debe ser un presidente.

Debemos comenzar a pensar si lo que queremos es otro incapaz que nos humille o si estamos convencidos que necesitamos un gerente que administre este país. Estamos en una etapa decisiva y no podemos esperar el momento crucial para tomar decisiones, es urgente que suscribamos un pacto de convivencia porque nuestro país está sumamente maltratado, aprendamos de los errores que todos hemos cometido y vamos a acordar cómo vamos a establecer nuestro sistema político, nuestras reglas de juego para la vida política, de manera que le cerremos la posibilidad a cualquier otro chávez, porque lo peor no es lo que estamos viviendo, sino lo que se pueda repetir. Vamos a asegurarnos que ésta sea la última vez.

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Crisis de Gobernabilidad

Cuando Hugo Chávez apareció en la escena política venezolana, no fueron pocos los que saltaron de la emoción: intelectuales, profesionales y por supuesto el pueblo. Existió una sensación de admiración tremenda, por que al fin hubo quien señaló directamente y sin temor alguno a quiénes eran considerados como culpables de la crisis de nuestra democracia.

Uno de los ángulos más interesantes de la justificación de la intentona golpista del 4F de 1992 fue precisamente la intromisión de los partidos políticos en la institucionalidad militar. Para las Fuerzas Armadas era aberrante depender de las cúpulas partidistas al momento de los ascensos.

La penetración de los partidos políticos en la institución militar, fue entre muchos otros motivos relacionados con la gobernabilidad, un factor decisivo para que los militares se decidieran a atentar contra un gobierno legalmente constituido, producto de un proceso electoral absolutamente lícito, que posteriormente al ser cuestionado en su legitimidad, fueron activados mecanismos institucionales y constitucionales, para resolver la inestabilidad en que degeneró dicho régimen.

La ausencia de gobernabilidad la venimos padeciendo desde hace mucho tiempo. La consolidación de la democracia venezolana se produjo como consecuencia de un pacto entre las fuerzas políticas y sociales luego de la caída de Pérez Jiménez: el Pacto de Puntofijo. Debido a las amargas experiencias de la dictadura, la clase política venezolana entendió que sólo unidos bajo unas reglas de juego claras, era posible echar a andar la democracia en nuestro país.

Sin embargo, la posterior ruptura del pacto, nos llevó a la conformación de un modelo político donde el bipartidismo nos condujo por un embudo a un sistema de conciliación de élites, bajo cuya estructura, el clientelismo político y el populismo pasaron a ser las características predominantes del sistema político venezolano.

La institucionalidad se resintió, inevitablemente. Los partidos acordaban los cargos más importantes, el Fiscal General de la República (aun cuando era una regla no escrita que el Fiscal General no fuese un representante del partido de gobierno), el Contralor General de la República, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, según cuotas, llegando a lo más insólito: ¡se debatían las fichas correspondientes a las corrientes internas de cada partido¡

Esto nos llevó a un quiebre de la institucionalidad, que se manifestó en la poca confiabilidad en la democracia como régimen de gobierno.

El deterioro fue aumentando porque la sociedad no encontró los canales de participación -secuestrados por los partidos políticos- que le permitieran manifestar su posición, resignándose a un papel intermitente en cada elección nacional, regional y local.

Los esfuerzos de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), por ofrecer la visión de un país moderno al que podíamos aspirar, fueron quizá la oportunidad más clara de apostar a un cambio, sin embargo faltó la voluntad política de ejecutarlos.

El comienzo del fin lo marcó la ruptura del bipartidismo con la reelección de Rafael Caldera. El paso siguiente con toda lógica, fue el triunfo de Hugo Chávez, pues en ello se resume el desprecio del país por una clase política corrompida por el poder.

La llegada de Chávez a la primera magistratura nacional generó amplios temores y expectativas. Para muchos fue un castigo, para otros la esperanza de un cambio. Hoy estamos ante un enorme fraude, pues para uno y otro sector, el balance debería ser el de una transformación política a la que llaman proceso, que consiste en la destrucción de un sistema político para sustituirlo por un modelo por el que se debaten algunos en calificarlo de revolucionario, autoritario, facista o castro-comunista.

Aquellos que creen en el llamado proceso lo interpretan como la posibilidad de darle al pueblo el poder de decisión. Los que lo critican señalan su compromiso con la implantación de un régimen totalitario.

Si atendemos a la realidad de los hechos, Hugo Chávez comenzó por repudiar la Constitución de 1961. Con una tenacidad incuestionable, nos condujo a una serie de procesos de consulta que parecían interminables: el Referéndum Consultivo del 25-04-99, el Referéndum Aprobatorio del 15-12-99, las Elecciones Presidenciales de 2000, las Elecciones Municipales y el Referéndum Sindical.

Hasta ese momento estaba operando el desmontaje de una estructura de poder que hacía inviable la implantación de su proyecto político. Su promesa era que una vez culminada la fase política, comenzaría inmediatamente la económica.

Sin embargo, en el transcurrir de la etapa política, el presidente fue arremetiendo contra algunos sectores con tal contundencia que, los medios de comunicación social, otrora factores importantes en su proyección victoriosa, pasaron a ser enemigos del proceso.

Por supuesto, que en el camino se fueron quedando los partidos políticos, dejando a la sociedad a merced del proyecto revolucionario. Los resultados electorales daban cuenta de una tremenda incapacidad de respuesta por parte de los sectores contrarios al proceso, no en balde opinaban algunos analistas que Chávez necesitaba con urgencia de una verdadera oposición.

Una vez alcanzado el soporte institucional y constitucional, todos esperábamos la activación de la propuesta económica. Sin embargo, los planes de desarrollo parecían inexistentes frente a la enorme atención que recibía el Plan Bolívar 2000, que era el centro de las políticas públicas desplegadas por el gobierno. No tardaron en aparecer denuncias de malos manejos de los recursos destinados a dicho plan. Con ello quedó al descubierto la poca voluntad del gobierno de hacer buena su palabra de luchar contra la corrupción.

Las debilidades del gobierno para conducir el Estado eran evidentes: el desempleo fue en aumento, la ausencia de incentivos para la inversión privada, la inexistencia de políticas públicas coherentes, la inseguridad personal y jurídica, fueron configurando un panorama sombrío para un verdadero cambio.

Los antagonismos se fueron acentuando con la promulgación de un conjunto de leyes en el marco de la Ley Habilitante, que en algunos casos se llegaron a interpretar como violatorias del derecho a la propiedad privada.

La falta de instituciones independientes comenzó a ser más que una presunción. El poder legislativo operando como una aplanadora; el poder judicial respondiendo a los intereses del ejecutivo, el poder ciudadano con representantes del presidente y el poder electoral como apéndice del gobierno.

La fragilidad institucional fue profundizando la brecha entre quienes defienden el proceso y quienes lo adversan, sin embargo no fue sino hasta 2001 que se comenzó a formar un frente opositor: el decreto 1011 sobre la Supervisión Educativa marcó el inicio de movilizaciones de la sociedad civil contra acciones concretas del gobierno.

Hacia finales del año la voluntad de luchar contra lo que se consideraba como acciones inconstitucionales del gobierno se manifestó con el primer paro cívico nacional del 10 de diciembre, luego vendrían otras movilizaciones, como la del 23 de enero de 2002, emblemática por ser la primera gran demostración del músculo social opositor.

En el marco del segundo paro cívico nacional convocado por la oposición, sucedieron los hechos de abril que todavía hoy conmocionan al país. En este escenario los acontecimientos se desarrollan con tal velocidad que se despide a unos altos ejecutivos de Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA), líderes del paro petrolero, se comete una terrible matanza de manifestantes el 11 de abril, el ejército desconoce la autoridad del Presidente Chávez, se nombra un Presidente Interino, Pedro Carmona Estanga, se produce una ruptura del hilo constitucional al disolverse los poderes y se devuelve a la Presidencia a Hugo Chávez.

Estos hechos llevaron al gobierno y a la opinión pública internacional a catalogar a la oposición como golpista. Los países latinoamericanos condenaron los hechos, EE.UU. y España reconocieron al gobierno interino velada o abiertamente, por lo que fueron señalados como cómplices.

La oposición se vio sola y a la deriva, pues remontar esa cuesta iba a ser muy difícil. Sin embargo, el gobierno ha sido errático para aprovechar el viento a su favor, pues aun cuando la opinión pública internacional se niegue a aceptarlo, este gobierno tiene un dossier de violaciones a los derechos humanos, a la constitución y las leyes, que tarde o temprano, tendrán que ser reconocidas: medios de comunicación y periodistas con medidas cautelares por parte de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH), asesinato de los manifestantes del 11A, ajusticiamientos por parte de cuerpos de seguridad del Estado, asesinatos de la Plaza Altamira, agresiones a manifestantes por parte de efectivos militares.

Es difícil para otros países comprender cómo un presidente electo de forma legítima puede desarrollar su mandato de manera ilegítima. La respuesta puede estar en la naturaleza de su proyecto político.

En 1992 Hugo Chávez decía que la tragedia de Venezuela era la terrible manipulación de los partidos políticos de las instituciones. Nuestra realidad hoy día es mucho más grave, pues ya no son los partidos políticos los que tienen el monopolio del poder en nuestro país, sino que éste se concentra en las manos de un solo hombre: el Presidente de la República.
Gracias a una muy hábil técnica matemática, la Asamblea Nacional (AN) quedó en manos del gobierno, de tal forma que quien legisla es el Ejecutivo. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) tiene una mayoría claramente identificada con el gobierno, para quien sentencia. El Poder Ciudadano tiene en el Fiscal General de la República al primer Vicepresidente Ejecutivo de la República; el Contralor General de la República, no encuentra delito alguno, si se trata de funcionarios del gobierno y el Defensor del Ciudadano, quien vergonzosamente es calificado de “defensor del puesto”.

¿Dónde quedaron las críticas al modelo político venezolano que mediatizaba la voluntad de la sociedad? El vehículo de participación política de este proceso pareciera ser los llamados Círculos Bolivarianos, que para algunos sectores, son el brazo armado de la revolución.

¿Cómo interpretar la subordinación de todas las esferas de la vida pública nacional a los intereses del proyecto político del presidente? Recordemos los intentos por intervenir la Universidad Central de Venezuela (UCV), la arremetida contra el sector de la Cultura Venezolana, los intentos por romper con el modelo organizacional de PDVSA y el más grave de todos, la conversión de la Fuerza Armada Nacional (F.A.N.) en un ejército al servicio del proyecto político del presidente.

¿Cuál es la diferencia con el modelo puntofijista? ¿Qué beneficios le ha traído a la nación estos cuatro años de gobierno revolucionario? ¿Qué cambios se han operado para mejorar las condiciones de vida de todos los venezolanos?

Si hay algo positivo de toda esta crisis es que los venezolanos han reconocido que no son otros lo que deben participar para decidir el rumbo del país, la abstención quedará en el recuerdo; que no se trata de esperar por el mesías porque en cada venezolano hay un líder en potencia, todos los días se demuestra que este es un pueblo valiente y luchador, ¿por qué esperar por un salvador?

La lucha por recuperar espacios de coexistencia pacífica seguirá hasta demostrar que sólo mediante el consenso, el reconocimiento del otro y el respeto hacia el disenso, sean la base de la convivencia nacional.

El futuro político de Venezuela está signado por la participación activa de la sociedad, en todos sus niveles y expresiones; va a ser muy difícil devolver a la gente a sus casas, pues de ahora en adelante, la sociedad política deberá aceptar que la sociedad civil va a compartir espacio y responsabilidades que antes le eran negados. Los errores y aciertos del futuro no serán exclusividad de la clase política. Ahora Venezuela se dirige hacia la construcción de una nueva nación, el parto está cercano, ¡a prepararse para ese alumbramiento con fe y esperanza¡

María Isabel Puerta Riera
26-12-02

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